"El país de las cucharas largas" es un cuento del escritor argentino Jorge Bucay que transmite una poderosa lección sobre la empatía y el compañerismo.
Se cuenta que un señor había viajado mucho a lo largo de su vida; había visto cientos de países reales e imaginarios y ésta es una de esas fantásticas historias que contaba.
Uno de los viajes que más recordaba era su corta visita al país de las cucharas largas.
Había llegado a la frontera. Por casualidad el sinuoso camino terminaba en una sola casa enorme, al acercarse notó que la mansión parecía dividida en dos pabellones una al oeste y una al este. Estacionó el auto y se acercó a la casa, en la puerta un cartel anunciaba: País de las cucharas largas.
Este pequeño país consta sólo de dos habitaciones llamadas negra y blanca y para recorrerlo debe avanzar por el pasillo hasta que éste se divide, y doblar a la derecha si quiere visitar la habitación negra, o a la izquierda si lo que quiere es visitar la habitación blanca.
El hombre avanzó por el pasillo y el azar lo hizo doblar primero a la derecha, un nuevo corredor de unos 50 metros terminaba en una puerta enorme, desde los primeros pasos por el pasillo empezó a escuchar quejidos que venían de la habitación negra, por un momento las exclamaciones de dolor y sufrimiento lo hicieron dudar pero siguió adelante, llegó a la puerta la abrió y entró, sentados alrededor de una mesa enorme había cientos de personas en el centro de la mesa estaban los manjares más exquisitos que cualquiera podría imaginar, y aunque todos tenían una cuchara con la cual alcanzaban el plato central se estaban muriendo de hambre, el motivo era que las cucharas tenían el doble de largo de sus brazos y estaban fijadas a sus manos, de este modo todos podían servirse pero nadie podía llevarse el alimento a la boca, la situación era tan desesperante y los gritos tan desgarradores que el hombre dio media vuelta y salió casi huyendo del salón.
Volvió al hall central y tomó el pasillo de la izquierda que iba a la habitación blanca, un corredor igual al otro terminaba en una puerta similar la única diferencia era que en cambio no había gritos ni quejidos ni lamentos, al llegar a la puerta el explorador giró el picaporte y entró en el cuarto, cientos de personas estaban también sentados en una mesa igual que en la habitación negra, también en el centro había manjares exquisitos, también cada persona tenía una cuchara larga fijada a su mano pero nadie se quejaba ni lamentaba, nadie estaba muriendo de hambre, porque todos se daban de comer unos a otros.
El hombre sonrió, se dio media vuelta y salió de la habitación blanca, cuando escuchó el clic de la puerta que cerraba, se encontró de pronto y misteriosamente en su propio auto.
La invitación es a que seamos más empáticos y solidarios entre nosotros, para beneficio propio y el de los demás. Tal y como lo demuestra este cuento, si se actúa en sociedad de manera egoísta, el futuro para esa sociedad será desalentador. Por el contrario, cuando en una sociedad se practica la empatía, la bondad y el amor, encontraremos que el futuro se vislumbra más prometedor. La respuesta es trabajar juntos para un bien común. Es un hecho que la unión hace la fuerza y hoy, más que nunca, necesitamos estar unidos para un bien común. Con buena intención siempre habrá maneras de superar cualquier obstáculo que se presente...

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