Se dice que dos monjes zen iniciaron juntos una larga travesía.
Después de días de andar caminando, ante ellos, se encontraba un gran río y una mujer muy joven y hermosa, parada en la orilla.
Cuando los monjes se se encontraron cerca de la mujer, ella preguntó si iban a atravesar el río.
Uno de los monjes asintió con la cabeza e inmediatamente le preguntó si quería cruzar. Ella le dijo que sí, pero no se atrevía porque no sabía nadar y tenía miedo de morir ahogada.
Al escuchar esto el monje la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla del río sin ningún problema.
Ella le dio las gracias y se fue corriendo.
Entoces el otro monje le preguntó a su compañero, porqué lo había hecho.
El monje dijo, por que ella necesitaba ayuda para cruzar el río.
El otro monje estaba furioso.
No dijo nada pero le hervía la sangre por dentro. Estaba colérico.
El otro monje estaba furioso.
No dijo nada pero le hervía la sangre por dentro. Estaba colérico.
Eso está prohibido, le dijo al monje.
Un monje budista no debe tocar una mujer y tu no sólo la has tocado, sino que la has llevado sobre tus hombros. Eso está mal, dijo el monje en tono agresivo.
Siguieron caminando por largas horas y este monje no dejaba de preguntarle a su compañero por los motivos que tuvo para haber hecho algo así de grave.
Después de recorrer varias leguas, cuando estaban a punto de llegar al monasterio que iban a visitar, el monje enojado se volvió hacia su compañero y le dijo:
-Tendré que decírselo al maestro.
Tendré que informar acerca de esto. No puedo callar el acto que has hecho. Eso está prohibido. Rompiste las reglas y yo no quiero ser tu cómplice con mi silencio.
-¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -dijo el otro monje.
-¿Te has olvidado? Llevaste a esta hermosa mujer sobre tus hombros -dijo el monje que estaba enojado.
El otro monje se rió y luego dijo:
-Sí, yo la cargué y la llevé de un extremo al otro, pero allá la dejé, en el río.
Después de recorrer varias leguas, cuando estaban a punto de llegar al monasterio que iban a visitar, el monje enojado se volvió hacia su compañero y le dijo:
-Tendré que decírselo al maestro.
Tendré que informar acerca de esto. No puedo callar el acto que has hecho. Eso está prohibido. Rompiste las reglas y yo no quiero ser tu cómplice con mi silencio.
-¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -dijo el otro monje.
-¿Te has olvidado? Llevaste a esta hermosa mujer sobre tus hombros -dijo el monje que estaba enojado.
El otro monje se rió y luego dijo:
-Sí, yo la cargué y la llevé de un extremo al otro, pero allá la dejé, en el río.
Hemos seguido nuestro andar y después de muchas leguas recorridas, eres tú, quien todavía la sigue cargando.
Esta fábula nos muestra cómo el monje molesto hizo de un acto, una razón para estar y sentirse mal.
Esta fábula nos muestra cómo el monje molesto hizo de un acto, una razón para estar y sentirse mal.
La invitación hoy es a que No permitas que la ira, el enojo, el resentimiento, la envidia o los celos se apoderan de ti y se instalen en tu corazón.
La vida se compone de momentos, circunstancias, situaciones, que pasan...
La vida se compone de momentos, circunstancias, situaciones, que pasan...
No permitas que nada te roben tu calma, tu alegría y tu claridad mental.
Deja de cargar todo aquello que te causa sufrimiento y continúa tu camino...

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