El cuento dice algo así:
Hubo una vez un pequeño niño muy curioso, que fue al circo y se quedó maravillado al ver la actuación de un gigantesco elefante. Era imposible, pensaba él, no quedarse fascinado con el elefante. Era tan grande, tan fuerte…
En el transcurso de la función, el majestuoso animal hizo gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales, Al final de la función, el pequeño se quedó todavía más sorprendido al ver que el enorme animal, permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una minúscula cadena que aprisionaba una de sus patas...
El niño se quedó impactado, y no podía con sus grandes ojos dejar de manifestar una gran sorpresa y preguntarse ¿Cómo podía ser que semejante elefante, capaz de arrancar un árbol de cuajo, sea preso de una pequeña estaca apenas enterrada unos centímetros del suelo? “Pudiendo liberarse con facilidad de esa cadena, ¿por qué no huye de ahí?”, siguió pensando el niño, en su fuero interno.
Finalmente, el padre se acerca para decirle que ya era tiempo de retirarse del lugar. Es entonces cuando el niño compartió sus pensamientos con su padre, a quién le preguntó: ¿Papá, por qué el elefante no se escapa? ¿Por qué si está grande y fuerte permanece ahí como si fuera imposible liberarse?
El niño se quedó impactado, y no podía con sus grandes ojos dejar de manifestar una gran sorpresa y preguntarse ¿Cómo podía ser que semejante elefante, capaz de arrancar un árbol de cuajo, sea preso de una pequeña estaca apenas enterrada unos centímetros del suelo? “Pudiendo liberarse con facilidad de esa cadena, ¿por qué no huye de ahí?”, siguió pensando el niño, en su fuero interno.
Finalmente, el padre se acerca para decirle que ya era tiempo de retirarse del lugar. Es entonces cuando el niño compartió sus pensamientos con su padre, a quién le preguntó: ¿Papá, por qué el elefante no se escapa? ¿Por qué si está grande y fuerte permanece ahí como si fuera imposible liberarse?
El padre, sin darle demasiada importancia, le respondió: “Pues porque está amaestrado, domesticado” Aquella respuesta no fue suficiente para el niño. Y entonces, ¿por qué lo encadenan?, insistió.
El padre se encogió de hombros y, sin saber qué contestarle, le dijo: “Ahora que lo preguntas, no tengo la menor idea”. Seguidamente, se regresó por el mismo lugar por el que había llegado.
Nada más irse el padre, un anciano muy sabio que estaba junto a ellos, y que había escuchado toda la conversación, respondió al niño su pregunta: “El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a esa misma estaca desde que era muy, muy, muy pequeñito.” Seguidamente, el niño cerró los ojos y se imaginó al indefenso elefantito recién nacido sujeto a la estaca.
Mientras, el anciano continuó con su explicación: Estoy seguro de que el pequeño elefante intentó con todas sus fuerzas liberar su pierna de aquella cadena. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, no lo consiguió porque aquella estaca era demasiado dura y resistente para él. Las palabras del anciano provocaron que el niño se imaginara al elefante durmiéndose cada noche de agotamiento y extenuación.
Después de que el pequeño elefantito intentara día con día liberarse de la cadena sin conseguirlo, continuó el anciano, llegó un momento triste: llegó el día en que se dio por vencido y se resignó. Finalmente, el sabio anciano miró al niño a los ojos y concluyó: “Ese enorme y poderoso elefante que tienes delante de ti no escapa porque cree que no puede. Todavía tiene grabado en su memoria la impotencia que sintió de pequeño. Y lo peor de todo es que él no ha vuelto a cuestionarse ese recuerdo. Claudicó en su intento por ser libre y hasta hoy sigue preso de esa idea. Jamás ha vuelto a poner a prueba su fuerza. Se siente tan impotente que ya ni se plantea la posibilidad de ser libre.
La invitación es a cuestionarnos todo. A estar atentos y cuestionarnos todo; nuestros pensamientos, nuestras creencias y la forma en que actuamos para llegar a convertirnos en adultos completamente libres en todos aspectos...
Mientras, el anciano continuó con su explicación: Estoy seguro de que el pequeño elefante intentó con todas sus fuerzas liberar su pierna de aquella cadena. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, no lo consiguió porque aquella estaca era demasiado dura y resistente para él. Las palabras del anciano provocaron que el niño se imaginara al elefante durmiéndose cada noche de agotamiento y extenuación.
Después de que el pequeño elefantito intentara día con día liberarse de la cadena sin conseguirlo, continuó el anciano, llegó un momento triste: llegó el día en que se dio por vencido y se resignó. Finalmente, el sabio anciano miró al niño a los ojos y concluyó: “Ese enorme y poderoso elefante que tienes delante de ti no escapa porque cree que no puede. Todavía tiene grabado en su memoria la impotencia que sintió de pequeño. Y lo peor de todo es que él no ha vuelto a cuestionarse ese recuerdo. Claudicó en su intento por ser libre y hasta hoy sigue preso de esa idea. Jamás ha vuelto a poner a prueba su fuerza. Se siente tan impotente que ya ni se plantea la posibilidad de ser libre.
La invitación es a cuestionarnos todo. A estar atentos y cuestionarnos todo; nuestros pensamientos, nuestras creencias y la forma en que actuamos para llegar a convertirnos en adultos completamente libres en todos aspectos...

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